Paul Reissing 1939-2006

¿Existe un principio que se aplica realmente en todos los casos? Sí, lo hay: es el principio de la eficacia, sobre todo en el empleo del espíritu y del cuerpo. Yo he dado a este principio  general el nombre de JUDO 柔道, じゅうどう Jigoro Kano Shihan 1860-1938

Me mandaron a un  internado en el año 1977 siendo un niño. Lo que en un principio viví como un destierro doloroso,  con el paso de los años (tengo que reconocer que) me salvo la vida y me ayudó a configurar muchas de las características que forjaron mi personalidad.

Hoy honro la memoria del Padre Paul Reissing. Quien fuera nuestro profesor de inglés tenia una lengua de trapo cuando: pronunciaba en castellano arrastraba las erres delatando su origen alemán. Dominaba el griego y el hebreo, lo que le hacia ser un excelente tutor cuando estudiábamos la BIblia y bajo su tutela nos hacia reflexionar sobre el significado del mensaje de Jesús de Galilea. Era curioso oirle hablar en euskera y el empeño que ponía en aprenderlo teniendo en cuenta los tiempos que corrían. Su cuerpo enorme y voluminoso pesaba unos 115 kilos, se movía con una agilidad y ritmo que nos sorprendía y hacia reír. Sobre todo cuando tocaba la flauta o la armónica y nos enseñaba canciones del viejo oeste al ritmo del movimiento de  sus pies y la dramática expresión de su rostro. Si cierro los ojos, puedo oír el sonido de sus pasos por el pasillo del dormitorio antes de despertarnos con el sonido de su armónica y anunciarnos la “climatología” del nuevo día que empezaba.

Pero sobre todo el Padre Paul fue nuestro maestro de judo 柔道, じゅうどう. Recuerdo el primer año donde aprendimos a caer y luego levantarnos sin hacernos daño sobre el duro suelo del gimnasio, pues carecíamos de las colchonetas que forman el tatami. Todos nos sorprendíamos, pues su metodología didáctica era sencilla y eficaz.. Primero lo hacia él un par de veces y luego nosotros le tratábamos de imitar. Caída lateral una, dos, tres y a la cuarta, a cámara lenta para que viéramos bien como se posicionaba el cuerpo. Parecía sencillo viendo como lo hacia pero el secreto estaba en no hacerse daño. Caída hacia atrás, una, dos, tres y cuatro; su cuerpo se abandonaba sobre el suelo de cemento. Caída frontal una, dos, tres y cuatro; cogía carrerilla y dándose impulso con la cabeza hacia delante y girando un poco el hombro, como si fuera una rueda caía en redondo. Cuántas clavículas tuvo que poner en su sitio de un certero golpe cuando se dislocaban por una mala caída. “La sencillez es la clave de todo arte elevado, de la vida y del judo” nos repetía citando a Jigoro Kano,  fundador del judo. Para los que no hayáis practicado artes marciales, el aprendizaje se basa en la repetición infinita hasta que se mecaniza el movimiento y el maestro supervisa para corregir los defectos y pulir la posición del cuerpo. Pero, sobre todo, el maestro trata de inculcarte el camino de la virtud en la práctica. Era divertido y exigente, duro pero cariñoso. Me gustaba ser su uke y disfrutaba mucho con todo lo que hacíamos.

 

Con los años de práctica y cuando él consideró que estábamos preparados, nos empezó a enseñar aikido 嘉納 治五郎. Mucho más elegante, más sutil, era el camino de la energía y la armonía que es como se define etimológicamente esta técnica que busca neutralizar al enemigo sin dañarlo ni humillarlo. Combinábamos el aprendizaje de las dos artes hasta que unos años mas tarde nos inició en el kendo剣道 o camino del sable. Recuero como si fuera hoy cuando nos llamó y nos dijo que tenia intención de enseñarnos pero que necesitábamos ser pacientes y observadores, silenciosos y obedientes. Así es como él nos enseñó, a los que tuvimos la fortuna de ser sus alumnos y el privilegio de tener una educación alemana católica con un toque japones. 

Gracias por leernos un domingo mas.Disfruta del día de la resurrección