«Hablo para los que no entienden mi silencio» Ramana Maharshi 1879-1950

«La Sustancia eterna. Su brillantez lo inunda Todo o Todo irradia esa brillantez de La Sustancia.«
Esta es la primera parte del texto publicado el 7 de marzo de 2021 LEER+
Cuando era niño las personas adultas me parecían raras y la gran mayoría te trataban como si no hubieran sido niños o como si se les hubiera olvidado que alguna vez lo fueron. A Algunas personas les encantaba que les dieras besos, sobre todo a las señoras que te los pedían insistentemente y, para colmo, nuestra madre, que era otra señora, te empujaba mientras te decía: anda dale un beso a doña ….Eran unas señoras que habían estudiado, la gran mayoría, con Tutankamón y que tenían la cara llena de arrugas profundas y olían a naftalina. Y si, al darles un beso, cometías el error de cálculo y tocabas con tus labios sus mejillas, comías, merendabas y cenabas crema «S» de Pond´s. Pronto aprendí a poner la otra mejilla, como hacia la Reina de Inglaterra, de ahí que ahora tenga tan bien hidratada la piel, después de tantos años besando a señoras con los pómulos.
Los señores eran más de contacto «macho alfa» y de darte cachetitos en la cara, lo que activaba la circulación y mejoraba la asimilación de la crema anteriormente aplicada por las señoras. También les gustaba, sobre todo si ellos no tenían pelo, despeinarte con fruición, como si fueras un cachorro, que lo era, pero no me gustaba nada que me tocaran ni el pelo ni la cabeza. Pero los peores eran los que tenían el síndrome del profesor o del presentador del «Un, dos, tres… responda otra vez» Kiko Ledgard, que te podían hacer preguntas a quema ropa, como si fuera un control callejero de conocimiento académico. Te podían preguntar sobre cualquier tema: ríos y sus afluentes, cordilleras y montañas, capitales de países o de provincias con sus respectivos gentilicios, o de matemáticas básicas como sumas y multiplicaciones, restas, o fórmulas de física para hallar el área de una figura geométrica concreta. Preguntas a las que tenías que responder rápidamente para pasar a la siguiente. Si acertabas, el evaluador sonreía complaciente, porque había verificado que el sistema de educación funcionaba y tú eras un niño listo. Lo peor que te podía pasar es que alguien dijera que eras “tonntito”, como si fuera el diagnóstico de una enfermedad incurable.
Un día, paseando de la mano con nuestro padre, nos encontramos con un señor pesado que siempre nos examinaba en la calle:
-Buenas tardes Doctor Liébana, ¿qué? ¿de paseo con el pequeño?
-Nooo, este es el sexto de los otros diez que tengo y vamos a coger huevos del corral que tenemos aquí al lado, ¿verdad hijo?. Asentí con la cabeza sin hablar, para que no me preguntara.
-¡Qué buen hijo, ayudando a tu padre!. Volví a asentir con la cabeza.
Cuando ya creía que nos habíamos librado del cuestionario, se agachó un poco y, mirándome a los ojos fijamente, me dijo: tienes cara de listo, como todos tus hermanos, los Liébana. A ver si sabes este acertijo:
-¿de qué color es el caballo blanco de Santiago? Hizo una pausa dramática como esperando a que se pusiera en marcha el cronómetro. Yo hice un silencio como si estuviera pensando la respuesta y le contesté con cara de felicidad:
-¡Negro!
-Hummm, murmuró, escucha con atención: ¿de qué color es el caballo BLANN-co de Santiago?No me hizo falta pensarlo, me lo puso muy fácil:
-¡MAA-rrón!
El hombre ladeo varias veces la cabeza para indicarme que esa no era la respuesta correcta y darme una tercera oportunidad. Escucha bien, niño:
-¿de qué color es el caballo BLAAAANCOO de Santiago? Y al ver su cara de desaprobación me vine arriba y grité:
-¡AZUUUULLL!
El señor casi se muere del susto: «¡un caballo azul!, ¿pero dónde has visto tú eso?» expresó con unos ojos saltones y el rostro serio. Se dirigió a nuestro padre y con voz grave le dijo: «Cuánto lo siento Doctor Liébana, pero también es normal con tantos hijos, alguno le tendría que salir…» hizo una pausa, midió sus palabras y se calló por educación para no decir la palabra maldita «tonntito» y herir los sentimientos de nuestros progenitores.
Continuamos paseando y cuando habíamos dejado atrás al señor pesado, nuestro padre me miró con cara de guasa, esa cara que ponía cuando algo le divertía, como si fuera un niño al que acababas de pillar haciendo una picia y dijo: «anda que tienes unas ideas, menudos huevos tienes» y se rió por lo bajo para que el señor pesado no lo oyera.
Aquel señor pesado nunca más me volvió a preguntar y, si se paraba con uno de nuestros progenitores, me dirigía una mirada de pena.
Pero había otras personas mayores que sí te trataban con cariño y se interesaban por lo que podías contarles mientras te escuchaban con atención. Esas personas eran el grupo de los llamados «amigos de la familia» y nosotros hemos tenido la suerte de criarnos rodeados de esos adultos.
Estaban Don Ramon y Doña Paz que eran como dos actores de Hollywood en todas sus connotaciones, con ese porte que tenían las estrellas de las pantallas de cine; el parecía un galán con su bigote tan bien cuidado, su voz profunda de fumador en pipa y un lenguaje culto y grandilocuente. Ella, vestida siempre como si le fueran a hacer una portada en las revistas, con su maquillaje perfecto de labios «rouge Paris» y los párpados color escama de pez, entre plateado brillante y azul. También estaban los Blanco, Chelo y José Luis, que siempre fueron muy generosos con nosotros, mucho más de lo que algunos miembros de la familia todavía hoy se atreven a reconocer. Aprendimos a nadar en su piscina y crecimos comiendo sus cerezas, avellanas, almendrucos, fresas y perillos de su finca del Monte el Viejo leer+, en la que disfrutamos durante años, como si fuera nuestra. También estaba Don Augusto, un hombrecillo regordete y cariñoso que te dedicaba frases en italiano y tenia un perro pastor alemán llamado «Cheko», al que le encantaba correr detrás de las piñas que le lanzábamos para traérnoslas a los pies y volvérselas a lanzar hasta que nos dolían los brazos. «Cheko» cuidaba y protegía a nuestra hermana Almudena como si fuera una de sus crías. Otro era Don Fernando, que sí que era profesor de física y química y nunca nos hizo ninguna pregunta de examen. Además siempre se alegraba de verte, lo sé por que le brillaban los ojos cuando te hablaba. Después estaba Catalina, «esa señora de la gloria», que nos crio bajo su protector manto de amor. Que por sí misma se merece que le dedique un post entero por todo lo que significó en la vida de nuestra familia, un honor ser criados por esa mujer trabajadora, bondadosa y silenciosa, por su marido Perico y sus hijos, Pedrito, Concha y Mercedes.
He dejado para el final a Don Matias, por ser el personaje de este recuerdo. Don Matias siempre vestía con traje y sombrero fuera invierno o verano y llevaba bastón, aunque no le recuerdo cojeando. Olía a limpio y a recién afeitado y tenia las manos huesudas y la cara llenas de manchas. Siempre masticaba chicle, algo poco usual para un señor tan mayor y que, a nuestros ojos, le hacia parecer juvenil, aparte de que siempre traía cosas novedosas cuando venía de sus viajes. Una vez, trajo un reloj de oro (a todo lo dorado lo llamábamos «de oro») cuya pantalla era negra y, cuando tocaba un botón, aparecían los dígitos iluminados en rojo, mostrándote la hora con números; y si daba a otro botón, te mostraba el día de la semana en el que estabas. Uno de los días que vino a casa de visita, y tras darnos chicles de fresa ácida a todos, aproveché un momento que estábamos a solas y le conté lo que me pasó en el mar (puedes leerlo aquí). Él me escucho atentamente y cuando terminé, me dijo: «como ya sabrás, el cuerpo humano esta compuesto de agua en un 75% y lo que te ha sucedido es que, a través de la osmosis, has experimentado que eras esa parte de agua». Le miré, le sonreí con los ojos y me fui en silencio a sentar al otro extremo del sofá, que daba cerca de la puerta de la galería donde nuestro padre criaba sus pájaros de canto: canario timbrado español, jilgueros, verderones y un picogordo. Mientras escuchaba su canto sabia que la teoría que me había contado Don Matías no era válida, pues hacía referencia a un tanto por ciento, a una parte. Pero lo que viví fue que la totalidad era esa Sustancia, incluida el agua del mar. De repente y sin transiciones, ¡zas! me desintegré en La Sustancia de brillantez que lo ocupaba todo y era el suelo y el techo, el sofá y los pájaros, Don Matías con sus manchas en la cara y sus manos huesudas, su reloj «de oro» y su bastón, el señor pesado y nuestro padre. Era el aroma de la crema de afeitar y el sabor de la crema «S» de Pond´s, el canto de los jilgueros y el revuelo de las voces de nuestros hermanos, la voz de nuestra madre llamándonos a cenar; aquí y allí son La Sustancia, ahora y después se vive como atemporal y son La Sustancia eterna. Su brillantez lo inundaba Todo o Todo irradiaba esa brillantez de La Sustancia. No es que Todo esté unido, sino que no hay nada separado. La mente personal y sus ideas es la que interpreta las cosas como separadas y cuando se disuelve, se revela la manifestación de la unicidad, esa Sustancia de Brillantez; también llamada Presencia, Consciencia Pura, Silencio, El sin forma, Dios, Supremo éxtasis de la Unidad, El Ser sin SER, Todo Lo Que Es, Lo Que Yo Soy, Eso Que Es, Mente Única….Y luego mis últimas palabras fueron GRACIAS a las que siguió un Phsss…sss…sss….sss………………………………………….
Antes de irse, Don Matias me buscó por la casa para despedirse. Se acercó y me dio dos besos, como siempre, muy cariñoso y me dijo: «¿Qué, eh? te has quedado pensativo con lo que te he dicho, todavía eres muy pequeño, pero ya lo entenderás cuando te lo enseñen en el colegio.
Sólo le mire y le sonreí con una profunda gratitud mientras permanecía en un silencio cálido que me abrazaba. Descansaba en la paz y gratitud de lo que no necesita ser argumentado, pues es vivido.
Cuando era niño hablaba como niño y ahora que soy mayor hablo como un señor mayor, pero el Silencio es el mismo y la gratitud hacia Todo también.
A todas las personas que confiáis en nuestro trabajo y dedicáis vuestro tiempo a leer este blog GRACIAS. Phssss..sss..sss….sss……….
Callo para los que no entendéis mis palabras…
GRACIASSSSS

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